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sábado, marzo 2, 2024

“MINGI”: niños, hijos de la superstición en el valle del Omo y los derechos humanos. 

Siempre he manifestado que toda creencia, sea cual sea, es respetable. Por supuesto, siempre que no atenta contra la vida de otros, ni contra sus derechos fundamentales, sobre todo si dichos derechos protegen a los más pequeños.

Los niños “mingi” son niños, hijos de la superstición, condenados a muerte por nacer de madre soltera, sufrir malformaciones o salirles primero los dientes superiores y otras muchas cuestiones que siempre suelen decidir los más ancianos. Las palabras anteriores sobre los «mingi», las leí en un artículo del diario La Verdad, en agosto de 2013. Y me impactaron.

Los Karo son una etnia (tribu) establecida en una zona del río Omo, en Etiopía, en un lugar conocido como Naciones del Sur. Dicha tribu vive en un entorno natural privilegiado, son sedentarios, aunque pastorean las pocas reses que poseen. Se dedican a la pesca de peces-gato grandes como sirulos, cultivan mijo y recolectan miel. Los niños van adornados con flores, mientras las mujeres preparan sus quehaceres diarios y los más ancianos pintan extraños símbolos rituales. Para un turista, que cuando llega es recibido con los brazos abiertos, aquel lugar es como el paraíso, aunque sin luz ni agua corriente, pero nada más lejos de la realidad.

Hasta 2012, al parecer, cuando la noche caía y se dejaban de contar las lunas, observar los termiteros y deleitarse con las acacias que poblaban la sabana, según contaba Mamush Eshetu, un joven guía turístico de 43 años, que no encontraba las peculiares creencias de aquella tribu nada positivas, confesaba a quien le quisiera escuchar que hasta hace poco arrojaban a sus hijos al río, les sacrificaban.

Nadie ajeno a las pocas aldeas de la etnia Karo, se había manifestado hasta entonces contra el poder de los ancianos a decidir sobre la vida y la muerte de los “mingi”. Estos eran niños considerados malditos sobre los cuales caía la decisión de ser asesinados, sin importar lo que pudieran decir los padres. ¿Por qué a determinados niños se les consideraba malditos? ¿Por qué eran condenados?

Las tradiciones en ese lugar del planeta, en el corazón de África, siguen siendo un misterio y sólo contando y recontando estas historias podemos arañar la superficie de sus creencias, que extendidas por el mundo a raíz del tráfico de esclavos en épocas pasadas, nos devuelven historias de sacrificios de niños en casi todos los lugares donde este tipo de ideas aterrizaron.

Pero volviendo a los niños malditos del valle del Omo, estos eran asesinados por las causas más diversas: por nacer fuera del matrimonio, porque los padres no había comunicado al jefe de la tribu que querían tener un hijo, porque el niño al nacer sufría alguna malformación, por pequeña que esta fuera, porque al bebé le salían los dientes de arriba en primer lugar, porque vengan gemelos… Y así un largo etcétera de contingencias que quedaban al arbitrio de los brujos, quienes, con la excusa de que a los jefes de la tribu no les agradaban los niños malditos, debido a la superstición de que si llegaban a ser adultos podrían perjudicar a la tribu, traer mala suerte. Y ese argumento, en un lugar donde las hambrunas y la sequía son continuas y constantes, es incontestable.

Sólo las denuncias de algunos miembros de la etnia Karo, como Lale Lakubo han logrado modificar las costumbres, o al menos hacer que se visibilice a nivel mundial una atroz tradición anclada en creencias poderosas tan antiguas como la misma tribu.

La cooperación internacional o las algaradas de un gobierno corrupto que recibe fondos para parar estas prácticas y educar en derechos humanos no sirven de nada cuando es tan fácil, debido a la superstición arrebatar la vida de un niño. Los cocodrilos del río Omo, o las hienas del desierto se aseguran de que no quede rastro de tan cruel práctica.

Los niños o las niñas son arrancados literalmente de las garras de sus padres sin que éstos nada puedan hacer por ellos. Y si empezaba recogiendo las palabras de una modesta crónica del diario antes mencionado, permitan que siga 10 años después, en marzo de 2023, con el diario El País donde, el antes mencionado miembro de la etnia Karo, declaraba lo siguiente: “Un día estaba en mi poblado y vi una discusión cerca del río. Había unas cinco o seis personas que peleaban con una mujer que llevaba en brazos a un niño muy pequeño. El niño y la madre lloraban mientras los demás forcejeaban con ella. Lograron arrancarle a su hijo y echaron a correr hacia el río. Tiraron al niño al agua antes de que ella pudiera hacer nada”. Cuando ocurrieron estos hechos Lale Lakubo era adolescente y se sintió escandalizado, hasta que su madre le contó que dos de sus hermanas, siendo niñas, también fueron asesinadas por considerar los ancianos de la tribu que eran “mingis”, malditas.

El propio Lale da una cifra aproximada de niños asesinados cada año en el seno de esta comunidad por ser “mingis”, alrededor de 300. Niños a los que no les pasa absolutamente nada, salvo vivir en un lugar donde la vida y la muerte se decide por una pésima balanza escondida en el retorcido corazón de los viejos de la tribu, enraizados en ideas antiguas y perversas. Es como si la etnia Karo siguiera en una época antigua donde los dioses siguen demandando rituales de sangre.

Algunos antropólogos sitúan el inicio de dichas prácticas a finales del siglo pasado, pero esta cuestión es, con sinceridad, según otros investigadores, inverosímil, debido a que se relaciona dicha práctica con hambrunas y sequias, que llevan asolando esa zona de la tierra desde hace muchas décadas. Además no es sólo en esta zona de Etiopía donde algunos niños son declarados malditos. En mi próximo artículo relacionado con creencias imposibles, hablaré sobre los niños brujos de Nakayi. Y más adelante sobre los niños albinos. En definitiva creencias atroces que algunas personas intentan paliar como pueden.

Después de vivir las experiencias que vivió y de buscar algunos pequeños apoyos, Lale Lakubo, hoy ya con más de 40 años de edad, puso en marcha hace unos años, un colegio orfanato en la cercana ciudad de Jinka, llamada Omo Child, que acoge en la actualidad a cerca de 50 niños y adolescentes entre 2 y 19 años. Todos ellos declarados “mingi”. Lale llegó, después de arduas conversaciones con los viejos de la tribu, a conseguir que le dieran algunos niños de los que iban a ser sacrificados. Siente que no puede ayudar a todos, pero es como una isla de paz en medio de tanta desolación supersticiosa. Su proyecto se mantiene gracias a los donativos privados de personas que intentan paliar esta tragedia, algunos de los padres de estos niños también colaboran y, también ayudan las exiguas cuotas de otros niños y adolescentes que van a estudiar en el colegio que se desarrolla en las instalaciones. El caso es que el proyecto, poco a poco, va creciendo despacio pero de manera cada vez más visible.

En 2015 producido y dirigido por John Rowe, teniendo como director de fotografía a Tyler Rowe y como editor a Matt Skow, salió un documental titulado Omo Child: The River and The Busch. Basado en el trepidante viaje de Lale Lakubo y los mingi, donde se puede seguir la trayectoria de este hombre, así como de cuanto ocurre con la etnia Karo, y de otros pueblos de las etnias Hamer y Bannar, con quien comparten desafortunadas creencias.

Miherit Belay, responsable del Ministerio de Salud, Mujer, Niños y Juventud en la zona del Valle del Omo, afirma en la actualidad: “Recibimos nuevos casos cada mes, pero la mayoría no llegan nunca a conocerse. Es algo que los poblados mantienen en secreto. Hay que tener en cuenta que aquí las familias viven en un espacio muy grande, a veces separadas por 50 o 60 kilómetros, en zonas de difícil acceso y sin cobertura, en las que es muy difícil enterarse de cosas como un embarazo y menos aún de algo como un sacrificio”.

Todas estas historias no llegan a los medios de comunicación, salvo esporádicamente. No interesan. ¿A quién le interesa Etiopia? Son lugares donde la gente muere todos los días de hambre, donde no existe la más mínima posibilidad de salir delante de la manera que nosotros lo conocemos. Imaginen entonces, como dice Miherit Belay, lo difícil que les resulta saber si se producen sacrificios.

Bibliografía:

https://elpais.com/planeta-futuro/2023-03-01/un-refugio-para-los-ninos-malditos-de-etiopia.html#

https://omochildmovie.com/

Diario La Verdad, 11/08/2013. Pág. 40

https://vimeo.com/116630642 (En este enlace se puede ver el tráiler del documental realizado antes mencionado sobre Lalo y los “mingi”)

Gabriel Carrión López
Gabriel Carrión López
Gabriel Carrión López: Jumilla, Murcia, 1962. Escritor, guionista y realizador. Ha trabajado como periodista de investigación desde 1985 en prensa, radio y televisión. Ha publicado dos libros sobre la banda terrorista ETA. Colabora con medios de prensa libre y es conferenciante sobre temas diversos.

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