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sábado, marzo 2, 2024

Los antidepresivos y el derrame cerebral

Hace frío, París en esta época del año se deshace en humedad, 83 por ciento y en temperatura, apenas tres grados. Menos mal que mi café con leche de siempre y una tostada con mantequilla y mermelada me permiten poner el ordenador en la mesa para acercarme a una historia que una vez más nos adentra en el devastador mundo de la muerte y la clase médica.

En un diario, el 22 de septiembre de 2001, hace muchos años, me encontré un pequeño suelto, ya saben, esas noticias breves que aparecen en forma de columna y que le sirven a los editores de los diarios para rellenar la página, que decía lo siguiente:

«Un estudio publicado en la última edición del British Medical Journal señala que los fármacos antidepresivos de última generación que inhiben la reabsorción de la serotonina en el cerebro disparan en las personas de edad avanzada el riesgo de sufrir hemorragias gastrointestinales. La investigación realizada en varios hospitales canadienses, ha detectado en concreto que la posibilidad de padecer dicho trastorno se dispara en un 10 por ciento«.

Aunque la investigación se realizó en un hospital canadiense, la realidad es que en estos, algo más de veinte años, la ingesta de antidepresivos en la población mundial ha sido y está siendo realmente alarmante. Las grandes industrias farmacéuticas, ayudados por médicos de cabecera, medios de comunicación y psiquiatras, han implantado la idea de que cualquier estado emocional que nos altere puede ser declaro como una “enfermedad mental” y medicada con cierta alegría con antidepresivos de nueva generación.

Yo mismo en 2010 estuve en el médico y la doctora que me atendió, al comentarle mi estado de ánimo, de cierta apatía, porque acababa de pasar un proceso de duelo profundo en el que todavía andaba inmerso, sin plantearse ningún otro tipo de tratamiento, me recetó antidepresivos, que por supuesto no tomé. Sin embargo, cada vez que visito a mi doctora para que me haga cualquier documento, relacionado con alguna prueba, veo con estupor como en mi historial clínico consto como persona que padece depresión. Si hubiera decidido medicarme en aquel tiempo, hoy sería un enfermo crónico atiborrado de pastillas para mi tratamiento “depresivo”.

En noviembre de 2022, en un portal geriátrico se publicaba un informe cuyo titular era demoledor: Los casos de Ictus aumentaran un 34% en la próxima década en Europa. La Sociedad Española de Neurología (SEN) apuntaba que 12,2 millones de personas en el mundo sufrirán un ictus en 2022 y 6,5 millones fallecerán. Además aportaba el dato de que más de 110 millones de personas que habían sufrido un ictus se encontraban en situación de discapacidad.  

Entre las posibles causas para sufrir un Ictus se establecen, según dicha asociación y otras consultadas, la presión arterial alta, el tabaquismo, la inactividad física, una dieta poco saludable, la obesidad, el consumo de alcohol excesivo, la fibrilación auricular, los niveles elevados de lípidos en sangre, la diabetes mellitus, la genética, el estrés, etc. Al parecer vivir, en general, provoca un ictus. Una vez más la medicina nos pone sobre la mesa una enorme baraja para que, con cualquier carta que te salga, no tengas más remedio que medicarte. Y en especial para el estrés o la tensión, ansiolíticos y antidepresivos.

En mi modesta investigación sobre la relación vejez e Ictus, me encuentro con algunos artículos realmente aterradores que vuelcan sobre la persona mayor (yo mismo ya soy una persona mayor) toda la culpa, como diría la justicia, de la prueba. En un artículo publicado el 28 de noviembre de este mismo año (2023) y titulado: La depresión, un problema de salud pública entre la población mayor. Entre los aterradores síntomas que pueden diagnosticar dicha enfermedad crónica se puede leer lo siguiente:

«La depresión se ha convertido en un problema de salud pública que merece una atención especial por su efectos sobre el deterioro cognitivo de las personas mayores. Sus síntomas pueden variar y afectar tanto al bienestar físico como emocional de quienes la padecen.

Algunos de los síntomas comunes son la pérdida de energía o fatiga constante, aburrimiento, tristeza o apatía, baja autoestima, nerviosismo, inquietud, delirios, miedo injustificado, sentimiento de inutilidad, alteraciones cognitivas leves, presencia de dolor inexplicable o dolor crónico y algunos trastornos de conducta«.

Factores sociales que en ningún caso deberían ser tratados con antidepresivos. Calificar dichos problemas como un caso de salid pública es una vergüenza que se está imponiendo para medicar de manera permanente a personas a las cuales sólo se debería ayudar a que volvieran a sentirse útiles. Afirmar que dichas personas son “una carga” es desposeerlas de sus derechos fundamentales, sobre todo cuando acaban en geriátricos no enfocados hacia su reinserción social y emocional, sino solamente como “ganado” al cual alimentar y atiborrar de medicamentos hasta que fallezcan y dejen de dar el follón.

La sobremedicación es un factor de riesgo, sobre todo en personas que ya pintamos canas. Los estudios sobre qué produce determinada enfermedad, realizada en cualquier universidad del mundo u organismo “acreditado”, no necesariamente, vamos nunca, analizan quién la produce. Es por ello que siempre que se nos recete cualquier cosa, no debemos hartarnos de preguntar en todo momento, incluso a los buscadores de internet para que nos muestren y aclaren hasta la última molécula de duda que tengamos. Y si no, recomiendo gastarnos algunos dólares (euros) en comprar algún que otro libro crítico con el sistema médico. Siempre suelo recomendar, por considerar a su autor y su preparación como médico, alguno de estos dos libros: Cómo sobrevivir en mundo sobremedicado, o Medicamentos que matan y crimen organizado.

El sistema sanitario mundial nos quiere cebados de medicamentos. La medicina sólo debe ser utilizada muy de tarde en tarde. Si necesitamos estar constantemente en el médico es que algo no funciona, leamos las pastillas que consumimos, los efectos secundarios que provocan y a lo mejor resulta que estamos cayendo en una espiral autodestructiva guiados por tuertos que guían a ciegos.

Pero como digo siempre, mientras me terminó el café ya frio, mis artículos, mis observaciones, nada tienen que ver con la clase médica honesta que trata de acercar posturas para que nuestra salud sea cada vez mejor y más estable. Y así mismo también es conveniente que nosotros nos demos cuenta de la vida que llevamos. ¿Es saludable? Si no lo es, cambiemos.

Bibliografía:
Los casos de ictus aumentarán un 34% en la próxima década en Europa (geriatricarea.com)
La depresión, un problema de salud pública entre la población mayor (geriatricarea.com)
Diario La Razón, sábado, 22/IX/2021, pág. 35 (España)

Gabriel Carrión López
Gabriel Carrión López
Gabriel Carrión López: Jumilla, Murcia, 1962. Escritor, guionista y realizador. Ha trabajado como periodista de investigación desde 1985 en prensa, radio y televisión. Ha publicado dos libros sobre la banda terrorista ETA. Colabora con medios de prensa libre y es conferenciante sobre temas diversos.

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